
No era miembro de la cuadrilla ni devoto del Señor de los Milagros ni hincha de Alianza Lima: era fanático del turrón. Así que se me fui a comprar uno al centro. Sabía que ahí se compra. Lo que no sabía era que ese día había prosecion y que las calles que debía atravesar estaban repletas de gente: mujeres penitentes, vendedores, niños perdidos, rateros esperando su momento y, cada vez más lejos, la acera de enfrente.
Al principio no me di cuenta, tenía la cabeza en cada octubre, en el caramelo y la miel de cada turrón. Era un fanático. Pero en algún momento me vi encerrado y cuando quise reaccionar ya era tarde: la multitud me había absorbido. Nadie oía mi permiso, déjenme pasar. Todo alrededor era el ruido de la banda, gritos desesperados de niños perdidos y mujeres robadas, humo de incienso, sahumerio y anticuchos, griterío de vendedores, y mucho morado. Tuve, contra mi voluntad, que avanzar con la masa, mis piernas se movían presionadas por las de atrás, presionando a su vez a las de adelante. Iba apretadísimo y pronto como todos debí cantar la canción que entonaban en coro al Cristo Morado.
Mientras, miraba a los lados esperando el menor espacio para moverse, escapar y cruzar a la otra acera, de la que me alejaba lentamente. Los minutos pasaban y sudaba, poco a poco me fue importando menos el turrón, solo quería escapar pero no había forma, la gente no se iba, al contrario, llegaban más y más personas, de modo que todo era imposible caminar, hablar, respirar. Las horas pasaban y oscureció en medio del humo, el ruido y el morado. Sudaba frió. Había conseguido sacarme la casaca (sentía una calor insoportable). La camiseta tenía un estampado morado, no había reparado en ello hasta entonces. Me sentí uno más en el montón. ¿Habrían otros como yo, atrapados sin querer en la prosecion? Vi un grupo de hombres reunidos cerca mió, con los ojos cerrados, concentrados, seguro pedían algo, ¿Y si habían llegado a la prosecion sin querer, si estaban pidiendo al Señor de los Milagros que les haga el milagro de dejarlos escapar? Estaba seguro: eso era lo que pedían. Cerré los ojos, me concentre, y comencé a rezar como ellos para que se me haga el milagro.


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